Nací en Sicuani (Canchis)
Cusco Perú en 1958
1993
Finalista Concurso Nacional de Cuento Breve
Premio ciudad Iquitos Revista
Dakunkut
1997 Miembros Asociado dela Academia
Mayor de la Lengua
Quechua
1998 Segundo
Premio en cuento - Festival Primavera Municipalidad del Cusco.
1999
Miembro de la Federación
Interamericana de Abogados
(USA)
2000
Sétimo Lugar en el V Concurso Internacional de Outuno
(Brasil)
1999 Finalista del
Concurso Nacional de Cuento Infantil en Quechua-
Asociación Pukllasunchis del
Cusco
2000
Corrector de pruebas en el Diario El Comercio del
Cusco
2000 Miembro del Directorio
del “ El Antoniano” periódico de la
Universidad
Nacional
de San Antonio Abad del Cusco
ENTRE EL FAROL Y LAS ENREDADERAS
©
Ese frío y nublado martes 13, Inocencio Malatesta,
levantó en el aire el vaso con cerveza brindando por última
vez con sus amigos que habían asistido al agasajo después del
examen de graduación. Antes de retornar a
la mesa el recipiente estalló en mil pedazos. “Algo malo
sucederá ”- dijo alguien; mientras, al fondo “la lluvia cae”
de los Iracundos, tocaba en el viejo tocacintas del
bar.
Mas tarde, luego de agradecer a
todos por la reunión, Malatesta, y los amigos salimos a la
calle, donde el frío inclemente cortabános el rostro. Ibamos
en zigzag topando los cipreses que adornaban la
vereda, entre las colegialas ataviadas de bolsos que
rápidamente salían de clases, y las domésticas
cubiertas con gruesas bufandas, iban
pidiendo paso para llegar a tiempo a la Nocturna. Terminamos la larga
avenida, rememorando los años maravillosos en la Universidad. De Wendy, la
compañera de estudios que una vez enamoramos. Luego, se
despidieron todos. Con Malatesta avanzamos por una curva,
platicando mucho, hasta llegar a la
Unidad Vecinal, donde las casas como cajitas
de fósforo estaban superpuestas, a su costado farolas y
plantas; entretanto, las mucamas botaban hacia el jardín a los
perros. Allí, Malatesta, se despidió para ir a
descansar a su cuartucho que quedaba al fondo. “Chao, mañana
nos vemos en la
Facultad”. Lentamente arrastrando los pies
por las losetas del pasaje; avanzaba
hacia el fondo de zaguán, quedando como un puntito en
la penumbra. Ahí se detuvo a las 21:00 horas de ese día, y se
puso a miccionar
entre el farol y la enredaderas, que adornaban el cerco de
bloquetas del jardín de la vivienda de Pacífico y Petra,
una
pareja de ancianos jubilados del Estado peruano; muy
solos porque sus hijos hace poco habían dejado casa por
razones económicas, viajando y buscando mejores horizontes
en la
Capital.
En la casa, los días corrían por la
misma rutina de siempre: El viejo leyendo y releyendo los
periódicos pasados, y la dulce Petra, tejiendo un suéter
para el marido, que el último viernes había tosido.
Pero, lo que alteró ese orden de cosas y
sacó de quisio a Pacífico, eran las andanzas del gato
negro( un montón de huesos y cola frondosa), que terminó por
completo la vida sosegada del matrimonio. Por decir, esas
tardes calurosas de verano- momentos sagrados para la siesta y
el amor de la pareja- el gato correteaba, maullaba y cruzaba a
las hembras en el tejado vecino. Ustedes saben que los
maullidos placenteros de éstas no dejan en paz a nadie. Y,
cuando la pareja ponía sus cabecillas blancas a
la almohada, el zamarro interrumpía. Y, el viejo,
fuera de sí spantaba al felino, y lo
peor, hasta tarde estaba en pie tratando de coger al gato.
Esto aumentó a su infinidad de males, uno nuevo: El insomnio.
En los últimos meses dormía poco.
Sin embargo, todo se disipó la
mañana, cuando desayunaba en el comedor una taza con café
tinto.
- ! Eliminaré a
ese maldito! - dijo, muy molesto, cuando
con el cuchillo untaba mantequilla al pan
seco.
Petra, movió de izquierda a derecha
su cabecilla, como quien comprendía la situación. El viejo, no
bien terminó el último bocado, desempolvó su vieja escopeta
Magnum, que descansaba hace años en el estante de cedro en
la Sala. Toda la mañana , estuvo
revisándolo. Lo limpió, engrasó y colocó en la mesa,
envolviéndola con una franela negra. Permaneció así hasta la
hora de la cena. “Ocioso, en el gato
nomás te preocupas, siquiera debes escribir tus memorias”.
Petra, perdía la paciencia viéndolo así a su viejo.
Ese día, comentó dos veces su plan
con Petra. Ella evadió tratar el asunto, por ser rutinario.
Pues Pacífico, en las últimas semanas y horas siempre
buscaba el modo de eliminar al gato. Pero,
no lo conseguía.
Se hizo noche. No bien ambos
estuvieron en la alcoba del segundo piso, junto a la azotea;
Petra, a la cama y Pacífico, al gato. Cogió la
Magnum y cargó con los proyectiles. Lo
acomodó en la esquina de la ventana, camuflándolo con la
cortina roja; cuyo ángulo abarcaba el tejado vecino, el cerco
de bloquetas del jardín y otros espacios donde el felino
siempre asomaba. Hubo un largo silencio sepulcral,
interrumpidos solamente con el leve respirar de Petra. En eso
el tic tac del viejo reloj de pared dio las 21:00 horas, ese
martes 13, interrumpiendo la vigilia del viejo, que en la
oscuridad permanecía como gato a la caza de otro
gato.
- “ Asoma desgraciado, ven rápido
maldito” - dijo por última vez.
En eso, como que adivinara, el
animalejo emergió por el borde del cerco de bloquetas, entre
el farol y las enredaderas. El pasaje
estaba desierto. Los pocos niños que jugaban hasta hace
poco se habían ido a ver televisión y dormir. Ahora,
sorpresivamente, el viejo, orientó la
Magnum, hacia el cerco de bloquetas entre el
farol y la enredaderas, donde estaba detenido su
enemigo. Colocó los ojos en ese puntillo negro que se movió
poquito por la mira. Ahora lo tenía justo en el ángulo
preciso, con el índice cogió el gatillo. Y sin
quitar los ojos de la mira, susurró a
Petra, para que atestigüe la hazaña. Pero,
ella ni caso: dormía a pierna suelta. En eso, disparó en seco,
despertando a su mujer.
-! Lo maté, mamita !- dijo exaltado
y feliz.
Ambos seguros de sí, se
abrazaron; hicieron el amor y durmieron
profundamente, como lo hacían años atrás,
cuando no había el gato.
Al día siguiente, cuando el
sol
visitaba los tejados de la
Unidad Vecinal, un maullido muy
familiar despertó a la pareja de ancianos.
*
CATEGORÍA CUENTOS
INFANTILES:
RATONCILLO 33 ©
orpresivamente la cara y la cabeza de papá
se le llenó de arrugas y canas verdes. Y el fin de semana no
quería jugar, ni salir a pasear con nosotros. El culpable de
todo : el Ratoncillo 33. Este, era diferente a los anteriores
treinta y dos ratoncillos que, en menos de
lo que canta el gallo, fueron eliminados por papá cuando los
cogió haciendo travesuras. El Ratoncillo 33, era perspicaz,
travieso y listo; salía airoso de todo peligro, por eso nos
hicimos amigos.
Sus travesuras se iniciaban a la
hora en que conciliábamos sueño, prolongándose hasta muy
tarde. Entonces, fastidiados encendíamos la lámpara y nos
poníamos a buscar por los rincones; y
aunque volteáramos la casa, no teníamos buenos
resultados.
-
Mañana traeré al Ronrón - dijo
papá una noche.
-
Como estaba dicho, el minino llegó en
brazos de papá a la hora del almuerzo. Más tarde, ya husmeaba
los dominios del Ratoncillo 33, que sin percatarse de los
afanes de su cazador, retozaba por aquí, por allá, hasta
faltarle el aliento.
Finalmente, hubo maullidos y
chillidos por doquier.
- ¿ Osiquín, estás escuchando ?. El
minino se lo está devorando...se lo está devorando - dormitaba
papá - !Hurra, benecho !.
Las lágrimas inundaban mi lecho. No podía cerrar los ojos,
pensando en semejante hecho. Sin embargo más tarde quedé
dormido.
Cocorocó, cantó en el corral
vecino.
-
!! Ratoncillo 33, Ratoncillo 33 !! - llamé.
Nadie acudió a mis invocaciones.
Busqué los cajones,la alacena,los corotos, ningún rastro de mi
amiguillo. En los días venideros la tristeza
estuvo conmigo, en la escuela, a la salida, camino a casa, en
las comidas, en todo. Esto preocupaba a mamá.
A partir del viernes, sobrevinieron
hechos muy extraños. Ese día, la puerta de
cedro que papá con tanto primor había tallado, amaneció
agujereada. El sábado, las mazorcas de maíz celosamente
almacenadas en la despensa para el fiambre, tampoco escaparon
a los dientes del misterioso roedor. Y lo peor, no
funcionaron las trampas que se colocaron
para su captura. Pero, lo que molestó muchísimo a papá sucedió
el lunes por la mañana cuando se alistaba para irse a trabajar
al molino. Le faltó un trozo a su zapato preferido. Hubieras
visto, Silvita, como se salían los dedos de
papá.
-
Ese gato no sirve para nada, se lo devolveré -
papá
rojo de ira, cogió al
minino y se lo llevó al
trabajo.
El resto de los días la misma
rutina se apoderó de la casa. Yo y Silvita en la escuela. Papá
trabajando en el molino, y mamá lavando y cocinando hasta la
cena alrededor del fogón. Ese día, terminamos la tertulia
dándonos las buenas noches.
A los pocos minutos nuevamente la
bulla no nos dejaba dormir. Entonces, Papá se levantó
despacito como un gato y encendió la lámpara; sorprendiendo a
¿otro ratoncillo?... al Ratoncillo 33 !, que con su hociquito
mordía otro zapato.
-
!Papá, es el Ratoncillo 33! - grité.
-
!Que Ratoncillo 33, ni que ocho cuartos, es un
malandrin !- gritó muy molesto, mientras levantaba en el aire
como sable un palo para aplastar, estrujar y eliminar a su
enemigo público número uno : El Ratoncillo 33.
-
" Ratoncillo 33, escapa " -
dije para mis adentros. Sin embargo, el Ratoncillo 33,
permanecía inmóvil, sin escapatoria con sus ojitos tristes y
mudos que no decían nada para seguir viviendo. Eran sus
últimos segundos...el fin...
En eso, papá bajó el palo a un
costado del Ratoncillo 33, le dió una palmadita en el lomo, y
lo dejó escapar.
Entonces, recién, entendí: Papá
estaba envejeciendo.
*
ENTRAÑABLE AMISTAD CON UNA
VIEJECILLA
Esa madrugada, cuando tus papás
permanecían en el interior de la catedral, subiste por primera
vez al campanario, y al estar descubriendo cosas nuevas para
ti, resbalas, cayendo en las faldas de Jacobachapala, esa
viejecita de cuello largo y vestida de luto eterno que, como
hace décadas sentada en las baldosas del atrio, observaba el
andar presuroso de las señoritas que, con rosario en mano,
iban a escuchar la misa de gallo en la
Catedral. Ella alborotó la plaza, estaba
feliz, no era para menos; por fin, tenía compañía
después de tantos años de soledad.
Aunque no
sufriste rasguño, tu amiguilla toda la mañana examinó y
acarició tus piececillos rojos, de tanto frío. Entretanto tus
papás, dándose cuenta de todo, llamaban insistentemente, sin
respuesta de ti. Estaban cerca . Y no podías hace
nada para estar junto a ellos. Pues, la viejecilla daba miedo,
mucho miedo.
Era las 12.00
m., las 6:00 de la tarde;
lunes, martes . . . viernes; julio,
agosto. . . diciembre. Un año. Otro. Y al estar junto a la
viejecilla, olvidaste pronto tus querencias, tu familia.
Es más, embobada estabas de las
historias y chismes que narraba la viejecita. En sí estar a su
lado era lo máximo. Pero, poco a poco te transformaste en una
verdadera mujer: Tu cuerpecillo liviano, y tus bucles lo
decían todo. Ahora tenías ganas de subir nuevamente al
campanario. Lo conseguiste en un descuido de la viejecilla;
pues, Para eso bastaron unos pequeños pasos y !pharrr!,
estabas arriba, en el campanario, como la primera vez.
Algo se te cayó lentamente del cuerpecito que,
revoloteando en el aire como un himno de libertad, cayó
en las manos de Jacobachapala; guardándolo hasta hoy, como
recuerdo impercedero de vuestra singular y entrañable
amistad.
Me olvidaba: la viejecita desde
entonces permanece triste, ausente,
acariciando recuerdos que no asoman a su memoria. Y
lo
peor, no te reconoce, cada madrugada cuando en familia
desciendes en picada del campanario
para recoger el trigo o las migajas de pan que, amorosamente
te ofrecen los lustrabotas y las vendedoras de velas de la
puerta de la Catedral, a
escasos metros, donde hace cientos de años
cuatro caballos descuartizaron a un ilustre alborotador
de Indios.
*
UN ATAÚD PARA EL DOCTOR HONESTINO
Después de un ligero escozor en el
ombligo, falleció el doctor Honestino, juez de San Felipe,
durante treinta años, dos meses, catorce días y seis
horas...
Esa mañana su hija Dolores, lo
encontró flotando en la cama, al momento de llevarle el
desayuno. Lloró, lloró tanto que, de no haber sido por las
puertas y ventanas abiertas, se hubiera inundado la
habitación.
Entonces, sobreponiéndose a su
destino caminó de prisa por las
estrechas y solitarias calles del pueblo, siempre acompañada
de sus tres cocineras, hasta llegar a la funeraria donde
compraría el ataúd para sepultarlo. Pero, no consiguió
uno
a la medida de su padre; pues, su tamaño era similar
al gigantón que adornaba la plaza. Además, el difunto tenía
una barriga desmesurada ( dicen que de pequeñín comía y dormía
demasiado ).
-
Será mejor cortarle los pies y ponerlos en la cabecera
del doctorcito. Así entrará al cajón - dijo el dueño de la
funeraria - calmando a Dolores, que no ponía atención porque
su tristeza era como el caudal del río que dividía en dos al
pueblo.
Esa noche, al no
encontrar lo que buscaba, la desesperada Dolores, visitó a su
padrino José Buenaventura, para contarle la nefasta noticia.
Buenaventura, después de escuchar ensimismado, prometió
ayudar. De madrugada partieron en camión al pueblo más
cercano. Allí nuevamente buscaron el ataúd. Pero, como nunca
las carpinterías y funerarias estaban
cerradas, salvo la tienducha de Esperanza. Ella - cuyos oídos
desde hace tiempo ya no recibían la visita de los chismes -
les vendió un ataúd grande.
Cuando retornaban, Sietezuelas el
ayudante del camión, silbando permanecía en la baranda.
Entretanto en la caseta el señor Buenaventura, escuchaba una
letanía que más parecía un lamento : " Mi padre hizo construir
la cárcel, la comisaría y el camal del pueblo...", decía
Dolores, mientras sus recuerdos fallecían en dos riachuelillos
que bajaban por su mejilla.
De pronto el cielo se pobló de
negros nubarrones. Entonces, la lluvia comenzó a caer
torrencialmente, espantando a Sietezuelas, quien en un abrir y
cerrar de ojos se introdujo al inmenso ataúd, porque no había
traído la toldera para cubrir el camión. Y se quedó dormido,
como un tronco, en pocos minutos.
Cuando el vehículo trepaba una
agreste montaña, a lo lejos varios campesinos empapados hasta
los huesos, con señas solicitaron a Buenaventura, para que les
llevasen al pueblo más cercano. Al detenerse el camión, todos
subieron acurrucándose en un rincón. Pero, al ver el ataúd,
los mayores se santiaguaron y rezaron por el difunto, mientras
que los mellizos Ajuscha y Quiscas, desobedeciendo a sus
padres brincaron encima del ataúd, y con las manos golpearon
como a tambor de guerra.
A consecuencia del alboroto,
Sietezuelas, despertó sobresaltado, empujando con todas sus
fuerzas la tapa del ataúd. Los campesinos, muy asustados,
gritando " el muerto está resucitando ", saltaron al
vacío.
*
TORO
TORITO
La noticia nefasta de la muerte de
una decena de toritos blancos, corrió como viento en puna,
entre los comuneros de San Felipe.
Previniendo lo peor, los Kutus,
concertaron los servicios de Jacobachapala, una vieja de un
sola trenza, cuyo mayor mérito fue poner en su sitio a
Sietezuelas, el rapaz que tenía un arreglo pendiente por sus
mataperradas con la asamblea comunal.
Con un descomunal atado, llegó de
madrugada a la comunidad, y no le costó
trabajo acomodarse en un rincón del fondo del
maizal. Allí, todo, y poco a poco
con los toritos que pastaban en las laderas de los cerros se
familiarizó, y les puso nombre.
Al anochecer, según
recomendaciones, en la cancha de los Kutus se puso a separar
en un corral a los negritos y en otro a los blanquitos. Esos
cercos de terrones y piedras, donde se guardaban a los
vacunos, estaban con calaminas y troncos
viejos, como puertas, para evitar que los toritos de uno y
otro corral estuvieran juntos.
Entonces, la
vieja quedaba terminantemente prohibida de dormirse en sus
vigilias, y se pasaba la noche oteando por el
agujero que como ventana adornaba la choza, hacia el corral de
los toritos blancos. Estuvo así, días, meses, años hasta que
una noche, dió una
pestañadita, pero, despertó con la boca amarga después
de chacchar coca, en el preciso momento en que el cielo
había vomitado un hombre vestido
totalmente de negro, que a los toritos
negros que posaban en dos patas, les resondraba.
La vieja dándose cuenta de la
situación, armada de valor y el trago, cogió el latigo de
puntas de metal, y con la agua bendita, se acercó al
corral. Allí se detuvo frente al hombre de negro, que en
vez de ojos tenía dos carbones incandecentes, y vez de pies
tenía dos pezuñas similares a los toritos negros. Animo
Jacoba, no te aterres. En eso levantó en el aire el foete
y le dió en la espalda al hombre de negro.
-
! Fuera supay! Supay Pasapuy!- dijo.
El hombre de negro, desapareció
envuelto en una luz misteriosa, mientras los toritos negros
recuperando su posición normal, retirábanse al otro corral, de
donde nunca más debieron salir.
Desde entonces los pastores de San
Felipe, evitan juntar a los toritos blancos y negros. Estos
dicen - las malas lenguas- que los matan a los blanquitos.
Por eso es raro, que en San Felipe, nazcan toritos
negros.
Nunca más Con Osiquín, mi pequeño
amigo de tres dientes, nos convertimos en los más traviesos
del pueblo. Cómo olvidar ese día mientras en las faldas de los
cerros los campesinos labraban sus chacras, nosotros
entrábamos a sus chozas, y en un santiamén
cogíamos azúcar, chancacas y otras golosinas que
endulzaron nuestros paladares. También, cómo olvidar esa vez
que nos adueñamos de los galpones contiguos a nuestras casas y
teniendo la honda más fulminante del pueblo derribabámos
jilgueritos que cantaban en los tiernos maizales. No crean que
sólo eso hicimos, sino algo más grave, entramos al cuartucho
del jorobado Tostorostos, aprovechando que había ido a comprar
aguardiente, y sin permiso recogimos sesenta huevos del
gallinero. Lo llevamos a nuestro escondite, donde cocinamos y
comimos todititito. Y esa noche, no pudimos dormir por la
fiebre que nos ocasionó la comilona.
Un martes inolvidable, entramos en
una choza, cuyo interior guardaba como reliquias : un viejo
colchón de paja, dos cucharones, una olla inmensa y el fogón
para calentarse en las tardes lluviosas.
Además, empezamos a hurgar bajo el
colchón para encontrar algo valioso; en eso escuchamos un
jadeo, cerca de la choza.
-
!Osiquín, rápido ! escondámonos que nos coge el dueño -
dije asustado y tembloroso, metiéndome inmediatamente dentro
de la enorme vasija que estaba al costado de la
puerta. El interior del ceramio, contenía un extraño líquido,
espeso, rojizo y grasiento que llegaba a mis pantorrillas,
cuyo olor repugnante me produjo aún
más terror. Y Osiquín - en menos que canta el gallo -
subió al cielo raso de palos y paja de la choza, donde
asustado como ratoncito quedó horizontalmente confundido con
la penumbra.
Entró una mujer de rostro
cadavérico que gemía lastimeramente, mientras despedía un olor
nauseabundo, y rápidamente prendió el fogón para calentarse.
Se sentó en el viejo colchón frente a la hoguera, empezando a
desnudarse poco a poco, mientras sus dedos cogían pulguitas
que se " encabritaban " en sus harapos que después lo
introducía en la boca para masticarlos. La luz del fogón
permitía ver su horripilante figura.
Entonces, escondí la
cabeza dentro de la olla y pensé : " qué sería de mí,
si la vieja me pusiera en el fogón; estaría frito..asado como
lechón..." Después observé hacía el techo y ví cómo las
fuerzas de Osiquín cedían por el peso y la espera de siglos,
cayendo como un costal de papas sobre la mujer, quien asustada
corrió desnuda hacia la puerta, lanzando un lamento
:
AUUUUUUUuuuuuuuuuuuu........
Pucha !
era un fantasma !!! ( un kukuchi ).
Osiquín, se incorporó del suelo. Yo
salí inmediatamente de la olla y luego corrimos asustados tras
el fantasma, siguiendo el sendero ennegrecido que había
dejado.
Osiquín, seguía gritando hasta
desaparecer de mi vista.
Cuando la calma retornó a mi
cuerpo, caminé apurado a casa de Osiquín, para contar a sus
padres lo sucedido. Conforme avanzaba, decidí que nunca más
con Osiquín haríamos diabluras. Pues, por nuestra culpa,
llegamos esta vez, hasta asustar a un fantasma.
Ya de noche, para sorpresa mía,
encontré a Osiquín, sentado en el umbral de su casa. Lloroso y
asustado me suplicó no contar a nadie lo sucedido. Nos
abrazamos y prometimos que de hoy en adelante, nos portaríamos
como buenos hijitos de Dios.
*
Elver
Pizzaro Pillco