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Ese frío y nublado
martes 13, Inocencio Malatesta, levantó en el aire el vaso con cerveza
brindando por última vez con sus amigos que habían asistido al agasajo
después del examen de graduación. Antes de retornar a la mesa el recipiente estalló en mil pedazos.
“Algo malo sucederá ”- dijo alguien; mientras, al fondo “la lluvia cae” de
los Iracundos, tocaba en el viejo tocacintas del bar.
Mas tarde, luego de agradecer a todos por la
reunión, Malatesta, y los amigos salimos a la calle, donde el frío
inclemente cortabános el rostro. Ibamos en zig
zag topando los cipreses que adornaban la
vereda, entre las colegialas ataviadas de bolsos que rápidamente salían de
clases, y las domésticas cubiertas
con gruesas bufandas, iban pidiendo
paso para llegar a tiempo a la Nocturna. Terminamos la larga avenida,
rememorando los años maravillosos en la Universidad. De Wendy, la compañera
de estudios que una vez enamoramos. Luego, se despidieron todos. Con Malatesta
avanzamos por una curva, platicando mucho, hasta llegar a la Unidad
Vecinal, donde las casas como cajitas de fósforo estaban superpuestas, a su
costado farolas y plantas; entretanto, las mucamas botaban hacia el jardín
a los perros. Allí, Malatesta, se despidió
para ir a descansar a su cuartucho que quedaba al fondo. “Chao, mañana nos
vemos en la Facultad”. Lentamente arrastrando los pies por las losetas del pasaje; avanzaba hacia el fondo de zaguán, quedando como
un puntito en la penumbra. Ahí se detuvo a las 21:00 horas de ese día, y se
puso a miccionar entre el farol y la enredaderas, que adornaban el
cerco de bloquetas del jardín de la vivienda de Pacífico y Petra, una pareja de ancianos jubilados del Estado
peruano; muy solos porque sus hijos hace poco habían dejado casa por
razones económicas, viajando y
buscando mejores horizontes en la Capital.
En la casa, los días corrían por la misma rutina
de siempre: El viejo leyendo y releyendo los periódicos pasados, y la dulce
Petra, tejiendo un suéter para el marido,
que el último viernes había tosido. Pero, lo que alteró ese orden de cosas
y sacó de quisio a Pacífico, eran
las andanzas del gato negro( un montón de huesos y cola frondosa), que
terminó por completo la vida sosegada del matrimonio. Por decir, esas tardes
calurosas de verano- momentos sagrados para la siesta y el amor de la
pareja- el gato correteaba, maullaba y cruzaba a las hembras en el tejado
vecino. Ustedes saben que los maullidos placenteros de éstas no dejan en
paz a nadie. Y, cuando la pareja ponía sus cabecillas blancas a la almohada, el zamarro interrumpía. Y, el viejo, fuera de sí spantaba al felino, y lo peor, hasta
tarde estaba en pie tratando de coger al gato. Esto aumentó a su infinidad
de males, uno nuevo: El insomnio. En los últimos meses dormía poco.
Sin embargo, todo se disipó la mañana, cuando desayunaba
en el comedor una taza con café tinto.
- ! Eliminaré
a ese maldito! - dijo, muy molesto, cuando con el cuchillo untaba mantequilla al pan seco.
Petra, movió de izquierda a derecha su
cabecilla, como quien comprendía la situación. El viejo, no bien terminó el
último bocado, desempolvó su vieja escopeta Magnum, que descansaba hace
años en el estante de cedro en la Sala. Toda la mañana , estuvo
revisándolo. Lo limpió, engrasó y colocó en la mesa, envolviéndola con una
franela negra. Permaneció así hasta la hora de la cena. “Ocioso, en el gato nomás te preocupas, siquiera debes
escribir tus memorias”. Petra, perdía la paciencia viéndolo así a su viejo.
Ese día, comentó dos veces su plan con Petra. Ella
evadió tratar el asunto, por ser rutinario. Pues Pacífico, en las últimas
semanas y horas siempre buscaba el
modo de eliminar al gato. Pero, no
lo conseguía.
Se hizo noche. No bien ambos estuvieron en la
alcoba del segundo piso, junto a la azotea; Petra, a la cama y Pacífico, al
gato. Cogió la Magnum y cargó con los proyectiles. Lo acomodó en la esquina
de la ventana, camuflándolo con la cortina roja; cuyo ángulo abarcaba el
tejado vecino, el cerco de bloquetas del jardín y otros espacios donde el
felino siempre asomaba. Hubo un largo silencio sepulcral, interrumpidos
solamente con el leve respirar de Petra. En eso el tic tac del viejo reloj
de pared dio las 21:00 horas, ese martes 13, interrumpiendo la vigilia del
viejo, que en la oscuridad permanecía como gato a la caza de otro gato.
- “ Asoma desgraciado, ven rápido maldito” -
dijo por última vez.
En eso, como que adivinara, el animalejo emergió por el borde del
cerco de bloquetas, entre el farol y las enredaderas. El pasaje estaba desierto. Los pocos niños que
jugaban hasta hace poco se habían ido a ver televisión y dormir. Ahora,
sorpresivamente, el viejo, orientó la Magnum, hacia el cerco de bloquetas
entre el farol y la enredaderas,
donde estaba detenido su enemigo. Colocó los ojos en ese puntillo
negro que se movió poquito por la mira. Ahora lo tenía justo en el ángulo preciso,
con el índice cogió el gatillo. Y
sin quitar los ojos de la mira, susurró
a Petra, para que atestigüe
la hazaña. Pero, ella ni caso: dormía a pierna suelta. En eso, disparó en
seco, despertando a su mujer.
-! Lo maté, mamita !- dijo exaltado y feliz.
Ambos seguros de sí, se abrazaron; hicieron el amor y durmieron profundamente, como lo hacían años atrás, cuando no
había el gato.
Al día siguiente, cuando el
sol visitaba los tejados de la
Unidad Vecinal, un maullido muy
familiar despertó a la pareja de ancianos.
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Sorpresivamente la cara y la
cabeza de papá se le llenó de arrugas y canas verdes. Y el fin de semana no
quería jugar, ni salir a pasear con nosotros. El culpable de todo : el
Ratoncillo 33. Este, era diferente a los anteriores treinta y dos
ratoncillos que, en menos de lo que
canta el gallo, fueron eliminados por papá cuando los cogió haciendo
travesuras. El Ratoncillo 33, era perspicaz, travieso y listo; salía airoso
de todo peligro, por eso nos hicimos amigos.
Sus travesuras se iniciaban a
la hora en que conciliábamos sueño, prolongándose hasta muy tarde.
Entonces, fastidiados encendíamos la lámpara y nos poníamos a buscar por los rincones; y aunque
volteáramos la casa, no teníamos buenos resultados.
-
Mañana traeré al Ronrón -
dijo papá una noche.
-
Como estaba dicho, el minino
llegó en brazos de papá a la hora del almuerzo. Más tarde, ya husmeaba los
dominios del Ratoncillo 33, que sin percatarse de los afanes de su cazador,
retozaba por aquí, por allá, hasta faltarle el aliento.
Finalmente, hubo maullidos y
chillidos por doquier.
- ¿ Osiquín, estás escuchando
?. El minino se lo está devorando...se lo está devorando - dormitaba papá -
!Hurra, benecho !. Las lágrimas
inundaban mi lecho. No podía cerrar los ojos, pensando en semejante hecho.
Sin embargo más tarde quedé dormido.
Cocorocó, cantó en el corral
vecino.
-
!! Ratoncillo 33, Ratoncillo 33
!! - llamé.
Nadie acudió a mis
invocaciones. Busqué los cajones,la alacena,los corotos, ningún rastro de
mi amiguillo. En los días venideros
la tristeza estuvo conmigo, en la escuela, a la salida, camino a casa, en
las comidas, en todo. Esto preocupaba a mamá.
A partir del viernes,
sobrevinieron hechos muy extraños. Ese día, la puerta de cedro que papá con tanto primor había
tallado, amaneció agujereada. El sábado, las mazorcas de maíz celosamente
almacenadas en la despensa para el fiambre, tampoco escaparon a los dientes
del misterioso roedor. Y lo peor,
no funcionaron las trampas
que se colocaron para su captura. Pero, lo que molestó muchísimo a papá
sucedió el lunes por la mañana cuando se alistaba para irse a trabajar al
molino. Le faltó un trozo a su zapato preferido. Hubieras visto, Silvita,
como se salían los dedos de papá.
-
Ese gato no sirve para nada, se
lo devolveré - papá rojo de ira,
cogió al
minino y se lo llevó
al trabajo.
El resto de los días la misma
rutina se apoderó de la casa. Yo y Silvita en la escuela. Papá trabajando
en el molino, y mamá lavando y cocinando hasta la cena alrededor del fogón.
Ese día, terminamos la tertulia dándonos las buenas noches.
A los pocos minutos nuevamente
la bulla no nos dejaba dormir. Entonces, Papá se levantó despacito como un
gato y encendió la lámpara; sorprendiendo a ¿otro ratoncillo?... al Ratoncillo
33 !, que con su hociquito mordía otro zapato.
-
!Papá, es el Ratoncillo 33! -
grité.
-
!Que Ratoncillo 33, ni que ocho
cuartos, es un malandrin !- gritó muy molesto, mientras levantaba en el
aire como sable un palo para aplastar, estrujar y eliminar a su enemigo
público número uno : El Ratoncillo 33.
-
" Ratoncillo 33, escapa " - dije para
mis adentros. Sin embargo, el Ratoncillo 33, permanecía inmóvil, sin
escapatoria con sus ojitos tristes y mudos que no decían nada para seguir
viviendo. Eran sus últimos segundos...el fin...
En eso, papá bajó el palo a un
costado del Ratoncillo 33, le dió una palmadita en el lomo, y lo dejó
escapar.
Entonces, recién, entendí: Papá
estaba envejeciendo.
*
ENTRAÑABLE
AMISTAD CON UNA VIEJECILLA
Esa madrugada, cuando tus papás
permanecían en el interior de la catedral, subiste por primera vez al
campanario, y al estar descubriendo cosas nuevas para ti, resbalas, cayendo
en las faldas de Jacobachapala, esa viejecita de cuello largo y vestida de
luto eterno que, como hace décadas sentada en las baldosas del atrio,
observaba el andar presuroso de las señoritas que, con rosario en mano,
iban a escuchar la misa de gallo en la Catedral. Ella alborotó la plaza,
estaba feliz, no era para menos;
por fin, tenía compañía después de tantos años de soledad.
Aunque no sufriste rasguño, tu amiguilla toda la
mañana examinó y acarició tus piececillos rojos, de tanto frío. Entretanto
tus papás, dándose cuenta de todo, llamaban insistentemente, sin respuesta
de ti. Estaban cerca . Y no podías
hace nada para estar junto a ellos. Pues, la viejecilla daba miedo, mucho
miedo.
Era las 12.00 m., las 6:00 de
la tarde; lunes, martes . . . viernes; julio, agosto. . .
diciembre. Un año. Otro. Y al estar junto a la viejecilla, olvidaste pronto
tus querencias, tu familia. Es
más, embobada estabas de las
historias y chismes que narraba la viejecita. En sí estar a su lado era lo
máximo. Pero, poco a poco te transformaste en una verdadera mujer: Tu
cuerpecillo liviano, y tus bucles
lo decían todo. Ahora tenías ganas de subir nuevamente al campanario. Lo
conseguiste en un descuido de la viejecilla; pues, Para eso bastaron unos
pequeños pasos y !pharrr!, estabas
arriba, en el campanario, como la primera vez. Algo se te cayó lentamente del
cuerpecito que, revoloteando en el
aire como un himno de libertad, cayó en las manos de Jacobachapala;
guardándolo hasta hoy, como recuerdo impercedero de vuestra singular y
entrañable amistad.
Me olvidaba: la viejecita desde
entonces permanece triste,
ausente, acariciando
recuerdos que no asoman a su memoria. Y lo
peor, no te reconoce, cada madrugada cuando en familia desciendes en picada del campanario para recoger el
trigo o las migajas de pan que, amorosamente te ofrecen los lustrabotas y
las vendedoras de velas de la puerta de la Catedral, a escasos metros,
donde hace cientos de años cuatro
caballos descuartizaron a un ilustre alborotador de Indios.
*
UN ATAÚD
PARA EL DOCTOR HONESTINO
Después de un ligero escozor en
el ombligo, falleció el doctor Honestino, juez de San Felipe, durante
treinta años, dos meses, catorce días y seis horas...
Esa mañana su hija Dolores, lo
encontró flotando en la cama, al momento de llevarle el desayuno. Lloró,
lloró tanto que, de no haber sido por las puertas y ventanas abiertas, se
hubiera inundado la habitación.
Entonces, sobreponiéndose a su
destino caminó de prisa por las
estrechas y solitarias calles del pueblo, siempre acompañada de sus tres
cocineras, hasta llegar a la funeraria donde compraría el ataúd para
sepultarlo. Pero, no consiguió uno
a la medida de su padre;
pues, su tamaño era similar al gigantón que adornaba la plaza.
Además, el difunto tenía una barriga desmesurada ( dicen que de pequeñín
comía y dormía demasiado ).
-
Será mejor cortarle los pies y
ponerlos en la cabecera del doctorcito. Así entrará al cajón - dijo el
dueño de la funeraria - calmando a Dolores, que no ponía atención porque su
tristeza era como el caudal del río que dividía en dos al pueblo.
Esa noche, al no encontrar lo que buscaba, la
desesperada Dolores, visitó a su padrino José Buenaventura, para contarle
la nefasta noticia. Buenaventura, después de escuchar ensimismado, prometió
ayudar. De madrugada partieron en camión al pueblo más cercano. Allí
nuevamente buscaron el ataúd. Pero, como nunca las carpinterías y funerarias estaban cerradas, salvo la
tienducha de Esperanza. Ella - cuyos oídos desde hace tiempo ya no recibían
la visita de los chismes - les vendió un ataúd grande.
Cuando retornaban, Sietezuelas
el ayudante del camión, silbando permanecía en la baranda. Entretanto en la
caseta el señor Buenaventura, escuchaba una letanía que más parecía un
lamento : " Mi padre hizo construir la cárcel, la comisaría y el camal
del pueblo...", decía Dolores, mientras sus recuerdos fallecían en dos
riachuelillos que bajaban por su mejilla.
De pronto el cielo se pobló de
negros nubarrones. Entonces, la lluvia comenzó a caer torrencialmente,
espantando a Sietezuelas, quien en un abrir y cerrar de ojos se introdujo
al inmenso ataúd, porque no había traído la toldera para cubrir el camión.
Y se quedó dormido, como un tronco, en pocos minutos.
Cuando el vehículo trepaba una
agreste montaña, a lo lejos varios campesinos empapados hasta los huesos,
con señas solicitaron a Buenaventura, para que les llevasen al pueblo más
cercano. Al detenerse el camión, todos subieron acurrucándose en un rincón.
Pero, al ver el ataúd, los mayores se santiaguaron y rezaron por el
difunto, mientras que los mellizos Ajuscha y Quiscas, desobedeciendo a sus
padres brincaron encima del ataúd, y con las manos golpearon como a tambor
de guerra.
A consecuencia del alboroto,
Sietezuelas, despertó sobresaltado, empujando con todas sus fuerzas la tapa
del ataúd. Los campesinos, muy asustados, gritando " el muerto está resucitando
", saltaron al vacío.
*
TORO TORITO
La noticia nefasta de la muerte
de una decena de toritos blancos, corrió como viento en puna, entre los
comuneros de San Felipe.
Previniendo lo peor, los Kutus,
concertaron los servicios de Jacobachapala, una vieja de un sola trenza,
cuyo mayor mérito fue poner en su sitio a Sietezuelas, el rapaz que
tenía un arreglo pendiente por sus
mataperradas con la asamblea comunal.
Con un descomunal atado, llegó
de madrugada a la comunidad, y no le costó
trabajo acomodarse en un rincón del fondo del maizal. Allí, todo, y poco a poco con los
toritos que pastaban en las laderas de los cerros se familiarizó, y les
puso nombre.
Al anochecer, según
recomendaciones, en la cancha de los Kutus se puso a separar en un corral a
los negritos y en otro a los blanquitos. Esos cercos de terrones y piedras,
donde se guardaban a los vacunos, estaban
con calaminas y troncos viejos, como puertas, para evitar que los
toritos de uno y otro corral estuvieran juntos.
Entonces, la vieja quedaba terminantemente prohibida de dormirse en sus vigilias, y
se pasaba la noche oteando por el
agujero que como ventana adornaba la choza, hacia el corral de los toritos
blancos. Estuvo así, días, meses, años hasta que una noche, dió una
pestañadita, pero, despertó con la boca amarga después de chacchar
coca, en el preciso momento en que el cielo había vomitado un hombre vestido totalmente de negro, que a los toritos negros que
posaban en dos patas, les resondraba.
La vieja dándose cuenta de la
situación, armada de valor y el trago, cogió el latigo de puntas de metal,
y con la agua bendita, se acercó al
corral. Allí se detuvo frente al hombre de negro, que en vez de ojos tenía dos carbones
incandecentes, y vez de pies tenía dos pezuñas similares a los toritos
negros. Animo Jacoba, no te aterres. En eso levantó en el aire el foete y le dió en la espalda al hombre
de negro.
-
! Fuera supay! Supay Pasapuy!-
dijo.
El hombre de negro, desapareció
envuelto en una luz misteriosa, mientras los toritos negros recuperando su
posición normal, retirábanse al otro corral, de donde nunca más debieron
salir.
Desde entonces los pastores de
San Felipe, evitan juntar a los toritos blancos y negros. Estos dicen - las
malas lenguas- que los matan a los
blanquitos. Por eso es raro, que en San Felipe, nazcan toritos negros.
Nunca más Con Osiquín, mi
pequeño amigo de tres dientes, nos convertimos en los más traviesos del
pueblo. Cómo olvidar ese día mientras en las faldas de los cerros los
campesinos labraban sus chacras, nosotros entrábamos a sus chozas, y en un
santiamén cogíamos azúcar,
chancacas y otras golosinas que endulzaron nuestros paladares. También,
cómo olvidar esa vez que nos adueñamos de los galpones contiguos a nuestras
casas y teniendo la honda más fulminante del pueblo derribabámos
jilgueritos que cantaban en los tiernos maizales. No crean que sólo eso
hicimos, sino algo más grave, entramos al cuartucho del jorobado
Tostorostos, aprovechando que había ido a comprar aguardiente, y sin
permiso recogimos sesenta huevos del gallinero. Lo llevamos a nuestro
escondite, donde cocinamos y comimos todititito. Y esa noche, no pudimos
dormir por la fiebre que nos ocasionó la comilona.
Un martes inolvidable, entramos
en una choza, cuyo interior guardaba como reliquias : un viejo colchón de
paja, dos cucharones, una olla inmensa y el fogón para calentarse en las
tardes lluviosas.
Además, empezamos a hurgar bajo
el colchón para encontrar algo valioso; en eso escuchamos un jadeo, cerca
de la choza.
-
!Osiquín, rápido ! escondámonos
que nos coge el dueño - dije asustado y tembloroso, metiéndome
inmediatamente dentro de la enorme vasija
que estaba al costado de la puerta. El interior del ceramio,
contenía un extraño líquido, espeso, rojizo y grasiento que llegaba a mis
pantorrillas, cuyo olor repugnante me produjo aún más terror. Y Osiquín - en menos que canta el gallo - subió
al cielo raso de palos y paja de la choza, donde asustado como ratoncito
quedó horizontalmente confundido con la penumbra.
Entró una mujer de rostro
cadavérico que gemía lastimeramente, mientras despedía un olor nauseabundo,
y rápidamente prendió el fogón para calentarse. Se sentó en el viejo
colchón frente a la hoguera, empezando a desnudarse poco a poco, mientras
sus dedos cogían pulguitas que se " encabritaban " en sus harapos
que después lo introducía en la boca para masticarlos. La luz del fogón
permitía ver su horripilante figura.
Entonces, escondí la cabeza dentro de la olla y pensé :
" qué sería de mí, si la vieja me pusiera en el fogón; estaría
frito..asado como lechón..." Después observé hacía el techo y ví cómo
las fuerzas de Osiquín cedían por el peso y la espera de siglos, cayendo
como un costal de papas sobre la mujer, quien asustada corrió desnuda hacia
la puerta, lanzando un lamento :
AUUUUUUUuuuuuuuuuuuu........
Pucha ! era un fantasma !!! ( un kukuchi ).
Osiquín, se incorporó del
suelo. Yo salí inmediatamente de la olla y luego corrimos asustados tras el
fantasma, siguiendo el sendero ennegrecido que había dejado.
Osiquín, seguía gritando hasta
desaparecer de mi vista.
Cuando la calma retornó a mi
cuerpo, caminé apurado a casa de Osiquín, para contar a sus padres lo
sucedido. Conforme avanzaba, decidí que nunca más con Osiquín haríamos
diabluras. Pues, por nuestra culpa, llegamos esta vez, hasta asustar a un
fantasma.
Ya de noche, para sorpresa mía,
encontré a Osiquín, sentado en el umbral de su casa. Lloroso y asustado me
suplicó no contar a nadie lo sucedido. Nos abrazamos y prometimos que de
hoy en adelante, nos portaríamos como buenos hijitos de Dios.
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