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CUENTOS LATINOAMERICANOS



MARCOS RODRÍGUEZ LEIJA - MÉXICO

 


Bon apetit

Cuatro paredes salitrosas encierran la humedad y un cuerpo flaco que amortiguan los resortes de un colchón agujereado y apestoso a orín.
Hay moscas que lo deleitan con un concierto de zumbidos. Bebe el último trago de cerveza abandonada en un rincón desde hace una semana. Saborea residuos mohosos que hay en el fondo de una lata con carne para perros. Canta una canción de cuna y arrulla entre brazos a un cachorro tieso, con el hocico abierto, ya sin lengua. El hombre enciende una vieja parrilla eléctrica de donde salen cucarachas, empuña un cuchillo y una sonrisa curva sus labios al aproximarse hacia la cama, donde reposa el cuerpo putrefacto de su esposa.


Teatro de vanguardia

ULTIMO ACTO: (En el escenario a media luz queda el PRIMER PERSONAJE arrodillado, llorando frente al cuerpo de una mujer inmóvil sobre el piso).

SEGUNDO PERSONAJE: Ella quiso engañarte conmigo, por eso la mate... hermano.
No quise que nos separara.
(Le dice con voz trémula al joven afligido mientras sostiene un revólver).
Como cada noche, la gente se para y aplaude aquella escena.
Los actores, regocijados dan las gracias al público.
Se baja el telón y entre ambos arrastran el cadáver tras bambalinas, donde reposan las actrices acribilladas durante las tres primeras funciones del día.


Posesión

Mi boca roza los labios que jamás quisieron unirse a los míos por desprecio. Con las manos toco los pechos que siempre quise acariciar con sutileza. Desnudo el cuerpo tanto deseado. Me moja de un líquido espeso y lo unto a mi pecho desnudo también. La mujer que poseo no experimenta la sensación que me eriza la piel al hacerle el amor. Ella duerme el último sueño sobre un charco rojizo expandido en el suelo.


Un hombre desalmado

De niño fue el más terrible en la pandilla del barrio. En la familia, se ganó el título de "oveja negra" durante la adolescencia. Los estudios jamás le agradaron, mucho menos trabajar. Prefirió ganar el dinero fácil. Se hizo de amigos que le enseñaron a matar. Al cumplir los cuarenta años se había convertido en el hombre más desalmado y perseguido por las autoridades de investigación criminal. Se volvió pendenciero a tal grado que asesinó a sus cómplices de crímenes y asaltos. Ya ningún cabecilla de las bandas y pandillas del bajo mundo quisieron tener nexos con él. En su familia, hacía mucho tiempo que lo habían dejado de considerar parte de los de su sangre. Quedó tan sólo en el mundo, y absolutamente nadie lo quería que, una noche, al encontrarse oculto en su madriguera, sentado sobre la cama, vio de frente su sombra reflejada en la pared, y ésta, avergonzada, se levantó y se marchó por la ventana para siempre.


La separación

Se la llevaron lejos para que jamás volviera a verla.
La amaba tanto que él dijo quedarse sin alma, y cayó en una eterna y dolorosa agonía sobre la cama donde muchas veces le demostró su amor sincero.
Pero ella, aún no se explica porqué a la luz del día y de la luna, su figura proyecta dos sombras que se abrazan.


El vuelo

Se tiró al vacío desde la montaña. Siempre soñó volar como las gaviotas pero jamás pudo elevarse. Su cuerpo se destrozó al golpear el suelo.
Después de morir, reencarnó en un ave.


El sueño

Después de un largo desmayo, Misraím despertó exaltado sobre la cama del hospital en el que fue internado a consecuencia de un accidente automovilístico. Había tenido una pesadilla: La ciudad era una plancha enorme de asfalto y edificios derruidos, sin árboles ni extensiones de agua. Todos habían muerto durante una guerra devastadora, a excepción de él, quien se vio en el sueño correr con desesperación entre llamaradas, sobre cadáveres deshechos y cocidos por el fuego.
Misraím colocó una de sus manos en el pecho aún dolorido. Quiso bajar de la camilla pero le fue imposible, se lo impidieron decenas de mangeras metálicas conectadas a su espalda. La pesadilla real era peor. Resucitó después de cien años en coma. Su cuerpo ya no era como el de un humano. La mitad de sus extremidades estaban hechas a base de un metal extraño y desconocido para él, quien no tenía más alternativa que incorporarse a un batallón de androides para retomar la guerra, una guerra que años atrás un pueblo ajeno al suyo había perdido a miles de años luz del planeta Tierra.


Escalofriante

—Vendré por ti —le dijo el abuelo antes de morir.
Pasó un año y al agonizar mi abuela susurró: —Está aquí.
El viejo cumplió lo prometido. Yo fui quien le abrió la puerta.


El libro de las predicciones

Cuando exploraba aquella cueva llena de esqueletos, el arqueólogo encontró un libro antiguo donde al abrirlo leyó: "Morirás hoy". Y el hombre cayó sobre un montón de huesos.



Datos del autor

Marcos Rodríguez Leija, periodista y escritor mexicano. Nació en Nuevo Laredo, Tamaulipas (México), en 1973. Durante 10 años ha ejercido el periodismo en medios impresos y electrónicos de México y Texas (EU).
Actualmente labora como editor de un periódico. Otra de sus actividades artísticas es la fotografía.

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